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Lecciones del Alma: Lo que la vida me ha enseñado
El arte de reaprender
A estas alturas de mi vida, he aprendido que mi cerebro sigue acumulando lecciones. Definitivamente la vida me sorprende cada día; justo cuando creo que ya está todo guardado en el disco duro, tengo que volver a armar el rompecabezas. ¡Irónicas sorpresas de la vida!
La fe y el refugio divino
He aprendido que, sin importar el lugar, Dios siempre está esperando con los brazos abiertos las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Su promesa es que siempre estaremos protegidos por Él. En agradecimiento por sus bendiciones, debemos orar por un día más de vida, por nuestros hijos, familiares y amigos. Agradecer al empezar y al terminar el día es vital, porque relacionarse con Dios nos devuelve la paz, la serenidad y el consuelo.
El valor del esfuerzo
He aprendido que el trabajo es una actividad que exige esfuerzo, constancia y disciplina, pero la remuneración más importante es la certeza de que, casi siempre, lograremos nuestros objetivos.
La luz después de la tormenta
He aprendido que sí existen los días oscuros, pero la fe de que mañana será mejor es lo que nos anima a seguir. De los días lluviosos siempre brota el arcoíris para anunciarnos que, tarde o temprano, volverá a brillar el sol.
He aprendido que cuando me dejo llevar y actúo con el corazón abierto, mis sueños más profundos se convierten en realidad.
El poder de los detalles
He aprendido que un «buenos días», una sonrisa, una bendición o un «te quiero» —aunque sea desde la distancia— tienen el poder de transformar cualquier día en uno fabuloso.
He aprendido que nuestros fallos y tropiezos son, al final, los que nos convierten en grandes profesionales.
Renacer desde el silencio
He aprendido que desde la soledad nacen la paciencia, la humildad y el coraje para empezar de nuevo. No importa el lugar ni la circunstancia; lo verdaderamente importante es la valentía de volver a empezar de cero.
Disfrutar lo simple
He aprendido que los placeres de la vida están a la orden del día y que, a veces, simplemente los dejamos pasar. Solo tenemos que hacer lo que nos apasiona sin dañar a nadie: reír, cantar, comer, jugar, perdonar y perdonarse. Incluso llorar, porque las lágrimas limpian el alma y nos renuevan. También debemos valorar el trabajo; aunque a veces no nos haga plenamente felices, nos da el placer de cubrir nuestras necesidades y nos aporta calma.
Conexiones con sabiduría
He aprendido que debemos relacionarnos con cautela: no todo el que sonríe tiene buenas intenciones. Las relaciones de pareja deben basarse en el mutuo acuerdo, entendiendo que el respeto hacia uno mismo es innegociable. Todo vínculo debe construirse con honestidad y empatía, porque eso es lo que nos mantiene libres e independientes.
Sembrar y trascender
He aprendido que primero tengo que sembrar para poder cosechar, y que debo seguir estudiando todos los días de mi vida porque el aprendizaje nunca termina.
He aprendido que, con el tiempo, las palabras y las acciones quizás se olvidan, pero las personas jamás olvidan cómo las hiciste sentir, ya sea para bien o para mal. Mucho ojo con lo que se siembra.
