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El océano de la hostilidad
Algunos dicen que dentro de cien años la humanidad se extinguirá. No lo creo; no tenemos evidencia científica de ello. Lo que sí sabemos es que, a medida que los años avanzan, entramos en crisis cada vez más profundas y nos convertimos en personas hostiles. El mundo es hoy un océano lleno de tiburones donde al pez pequeño le cuesta sobrevivir. Estamos viviendo una completa pesadilla y no somos capaces de despertar. El miedo y la incertidumbre de no saber qué nos pasará mañana nos mantienen encerrados en una cárcel mental.
Los entendidos en el tema dicen que podemos salir de allí porque «somos lo que pensamos y no lo que hacemos». Ojalá fuera tan fácil. En el camino vamos perdiendo la amabilidad, la armonía y la confianza, tanto en nosotros mismos como en los demás. Cada día lidiamos más con el egoísmo —una raíz emocional con una fuerza descomunal— y con la falta de empatía. Todo cambiaría si lográramos transformar esa parte negativa en positiva; la empatía todavía existe, pero lamentablemente se ha vuelto una minoría.
La adicción al conflicto y el falso Dios
El mundo ahora mismo es un caos. Las personas parecemos apegadas al conflicto; nos hemos vuelto adictas a él. A donde vayas solo oyes quejas y tristezas. Vamos perdiendo la comunicación real y nos aferramos al dinero, que se ha convertido en un Dios. No importa la forma de conseguirlo, lo único relevante parece ser obtenerlo para sentir que tenemos validación. Sin embargo, lo que de verdad importa es cómo te comportas con otro ser viviente: eso es lo que nos aleja o nos acerca.
Aquí aparece la otra cara de la moneda: si eres una persona empática, te conviertes automáticamente en un blanco vulnerable para ciertos grupos dentro de la sociedad.
Las grietas del sistema social
Lo que verdaderamente nos devasta son los problemas sociales que crecen a pasos agigantados. El desempleo, la falta de puestos de trabajo y la ausencia de un salario digno nos empujan directo al umbral de la pobreza. A esto nos acompaña el cambio climático, que nos acerca cada vez más al hambre. ¿Y qué decir de la corrupción política? Afecta y perjudica directamente a las pequeñas comunidades, al autónomo y al trabajador digno. Es allí donde se hace evidente la desigualdad extrema: unos tienen tanto y otros tan poco. El abuso de poder es descarado.
